Siempre he discrepado de la corriente de opinión que considera “míticos” los trabajos publicados por Venom con la formación original en la primera mitad de los ochenta, fechas que podríamos calificar como de esenciales en el devenir del metal mundial, pues no sólo marcaron el nacimiento de la NWOBHM en Inglaterra, sino también la fragua de algunos de los estilos extremos que empezarían a materializarse a partir poco más o menos de 1982 con la aparición, en Estados Unidos, de los primeros combos de thrash metal (Exodus, Metallica o The Legacy, luego convertidos en Testament).
Ha sido quizá este cúmulo de influencias el que ha hecho que la discografía primigenia de Venom sea considerada como piedra angular de muchos estilos extremos. Sin pretender quitar méritos a aquellos trabajos como precursores de estilos que van desde el punk metal hasta el thrash y el black metal, sí queremos dejar claro que Venom, en su primera encarnación, fueron mucho más un fenómeno de mercadotecnia limitada que de brillantez musical. Nunca nos ha cabido duda de que si Venom hubieran aparecido en Estados Unidos unos años antes, podrían haber alcanzado el estatus de formaciones míticas del metal yanqui de los setenta como Alice Cooper, Kiss o Blue Oyster Cult.
Faltándoles lo esencial (el dinero y el interés de la prensa para convertirlos en un fenómeno del mundo del espectáculo visual), Venom nunca consiguieron dar el salto a la fama que resulta necesario para que una banda de sus características -un combo que daba mucha más importancia a los aspectos visuales que a los musicales, no nos engañemos- sea tomada en serio por las masas compradoras de billetes para los conciertos.
Desde esta perspectiva, queda claro para un servidor que la discografía “mítica” de Venom es mucho más importante por su influencia en otras formaciones que por sus escasos valores artísticos.
Cuando apareció “Cast in stone” en 1997, la formación original de Venom llevaba más de diez años sin ofrecer material inédito en estudio. De hecho, en 1996, cuando se anunció la vuelta de los tres músicos más polémicos de las Islas Británicas desde Sex Pistols, los fans metálicos no acababan de creérselo. ¿Qué podrían decir Venom en los noventa, década en la que los estilos Death y Black Metal que ellos habían creado casi de la nada se habían convertido en fenómenos de masas desde el subterráneo de la siderurgia a este y al otro lado del Atlántico?
La respuesta, amigos, es sorprendente. “Cast in Stone” apareció como el mejor disco que Venom pudieran haber soñado nunca con hacer. La falta de pericia técnica, que era el principal obstáculo en los ochenta para que fueran considerados una banda “seria”, quedaba obviada del todo en un disco que ofrecía temas oscuros, de metal radical, velocidad cuando hacía falta, medios tiempos “pesados”, la voz ominosa del cantante que demostraba por qué formaciones como la sagrada trilogía del death escandinavo (Entombed, Grave y Dismember) les debían tanto.
Curioso, porque el sonido de “Cast in Stone” recordaba precisamente a los trabajos de Entombed cuando estos dieron el viraje desde el death ortodoxo al death and roll de discos como “Wolverine Blues”, un caso claro en que discípulos y maestros se influyen entre sí sin que acabe de quedar claro qué fue primero, si la gallina o el huevo.
Este debió ser un disco que apareciera en los ochenta. Con estas tremendas canciones y una labor de mercadotecnia al estilo de las usadas por entonces por EMI con Iron Maiden, ahora mismo estaríamos hablando de unos Venom que llenan estadios, y no de un grupo del que todo el mundo ha oído comentarios pero que pocos se deciden a escuchar.
Pero, ahora que lo pienso, ¿no es eso lo que entendemos por grupo de culto? |